Orgullo
y prejuicio
Los avances son innegables. Hoy existe la figura de matrimonio igualitario para los heteronormados, el derecho de adopción para reproducir el modelo de familia tradicional con lo que implican “las bendiciones”, la incorporación de las identidades de la diversidad sexual al sistema de consumo de lo inimaginable siempre y cuando tengan el dinero suficiente, todo un entramado comercial de especialidad con derramas económicas de millones de dólares y, lo más relevante, un esqueleto legal multiespecialidad que protege los derechos de las, los y les integrantes de las Comunidades de la Diversidad Sexual (CDS).
Hay mucho positivo por resaltar y celebrar. Visto en sus detalles es un ejercicio de larga extensión. Pero hay otros lados del cubo invisibilizados: 1) la falsa idea de que todo está ganado y, peor aún, que no se puede perder y, 2) los millones de personas que no viven estos avances que impactan con su favorabilidad mayormente a clases medias y altas.
El grueso de las personas de las CDS que gozan de visibilidad mediática, digital, laboral, social o todas las anteriores, celebra a cada momento las victorias de uno y de muchos. “Presume” desde su micromundo la heteronormalización de su estatus, la aceptación que anhelaba. Este grupo, no mayoritario en el universo de personas de las CDS, cree que todo está ganado y resuelto. Ignora que los retrocesos que pueden impulsar los grupos conservadores están siempre al acecho.
La otra historia, la real, la de la mayoría en poco ha cambiado. Allí persisten los dilemas, las agresiones, las persecuciones, las violaciones. La comunidad Trans es hoy una de las más afectadas pero al resto le puede ocurrir lo mismo.

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