• Gabriel Zaldívar

Midiendo la felicidad

La felicidad es la meta de cualquier ser humano y cada persona define para sí misma aquellos componentes de su felicidad. La premisa aristotélica es precisa: el individuo, en completa autonomía, debe identificar para sí qué lo hace feliz.


Cualquier persona u organización que busque imponer su idea de felicidad a un individuo está violando su autonomía. La discusión sobre su inclusión como derecho humano de tercera generación continúa.


Durante siglos se construyó la narrativa de que bienestar económico es sinónimo de felicidad. Algunos creyeron esa narrativa de que los indicadores económicos estaban estrechamente relacionados con la felicidad de las personas. La narrativa era falsa y comienza a permear el discurso de la ciudadanía y de los políticos.

El grave error es que al ser la felicidad un constructo unipersonal, registra carencia de indicadores grupales y/o comunitarios. Quien quiera vender algún indicador falta a la verdad o peca de ignorancia. La felicidad no podrá traducirse a los números y las estadísticas que obsesionan a algunos.


Tan burlesca es la obsesión con la felicidad que una institución tecnócrata mexicana puso en funcionamiento un instituto en Ciencias de la Felicidad. Su innovadora acción emprendedora abrió paso a ideologías como la psicología positiva, el liderazgo positivo y otros membretes “positivos”.


Para valorar la profundidad del asunto es necesario recorrer los estantes de las “librerías” de una tienda de tecolotes, repasar la industria del coaching o tomar un taller de Resiliencia (filosofía de la resignación antes que espíritu de revolución).


Lo fantástico, reconocible y loable es cuánto dan de comer las ciencias de la felicidad a influencers, youtubers y charlatanes. En tiempos de desempleo todos y todas caben.

La idea central, con Aristóteles revolcándose en su tumba, es que la felicidad se aprende.


En sociedades de infelices tendrán mucho eco. En personas incapaces de construir por sí mismos su felicidad tendrán muchos clientes. En su crecimiento como industria corremos el riesgo de normar la felicidad ajena. ¡¡Cuidado!!

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